Archive for Abril, 2008

30
Abr

Un extraño animal

   Posted by: admin   in Cuentos Zen

Un leñador estaba trabajando duramente en unas remotas montañas, cuando apareció un extraño animal que nunca antes había visto.

—Ah —dijo el animal—, nunca antes habías visto algo como yo.

Al leñador le sorprendió muchísimo oír hablar al animal.

—Y estás asombrado de que pueda hablar…

Al leñador también le sorprendió que la bestia supiera sus pensamientos.

—Y de que sepa lo que estás pensando —continuó el animal.

Viendo el animal, al leñador le dieron ganas de atraparlo y llevárselo a su hogar.

—¿Así que quieres capturarme vivo, cierto?

Y si no, quizá podría darle un hachazo y después llevárselo a su hogar.

—Y ahora quieres matarme —dijo el animal.

El leñador se dio cuenta que no podría hacerle nada, puesto que la bestia siempre sabía lo que él pensaba hacer.  Así pues, regresó al trabajo, decidido en ignorar al animal.

—Y ahora —dijo— me abandonas.

Apenas pudo trabajar, el leñador se descubrió pensando a menudo en el animal que estaba allí, y la bestia siempre hacía un comentario de acuerdo a lo que pensaba.  Deseó que se alejara, y al final le pidió que lo dejara tranquilo.

Aparentemente el animal no deseaba irse.  Estaba parado allí, cerca de él, leyendo todos sus pensamientos y no parecía tener buenas intenciones.

Finalmente, no sabiendo qué más hacer, el leñador se resignó, tomó su hacha otra vez, determinado a no prestar más atención a este extraño animal.  Y prosiguió, sin nada más en la mente, con el corte de los árboles.

Mientras él trabajaba así, sin pensamientos en su cabeza excepto el hacha y el árbol, la cabeza del hacha voló del mango y dio muerte al animal.

25
Abr

El maestro campana

   Posted by: admin   in Cuentos Zen

Un nuevo estudiante se aproximó al maestro Zen y le preguntó como podía prepararse para su aprendizaje.

“Piensa que soy una campana”, explicó el maestro. “Dame un golpe suave y tendrás un pequeño sonido. Golpéame duro y recibirás un repique fuerte y resonante”.

21
Abr

El Ahora

   Posted by: admin   in Cuentos Zen

Un guerrero japonés fue capturado por sus enemigos y encarcelado. Aquella noche no podía dormir, porque sabía que al día siguiente iba a ser interrogado, torturado y ejecutado. Entonces surgieron en su mente las palabras de su maestro Zen: “El mañana no es real. Es una ilusión. La única realidad es el Ahora. El verdadero sufrimiento es vivir ignorando este Dharma (enseñanza)”.

En medio de su terror, súbitamente comprendió el sentido de estas palabras, se sintió en paz y durmió tranquilamente.

21
Abr

Libros

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Había un reconocido filósofo y docente que se dedicó al estudio del Zen durante muchos años. El día que finalmente consiguió la iluminación tomó todos sus libros, los llevó al patio y los quemó.

20
Abr

El té

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Un importante catedrático universitario se encontraba últimamente en extraños estados de ánimo: se sentía ansioso, infeliz y si bien creía ciegamente en la superioridad que su saber le proporcionaba, no estaba en paz consigo mismo ni con los demás. Su infelicidad era tan profunda cuan su vanidad. En un momento de humildad había sido capaz de escuchar a alguien que le sugería aprender a meditar como remedio a su angustia. Ya había oído decir que el zen era una buena medicina para el espíritu.

En su región vivía un excelente maestro y el profesor decidió visitarle para pedirle que le aceptara como estudiante.

Una vez llegado a la morada del maestro, el profesor se sentó en la humilde sala de espera y miró alrededor con una clara -aunque para él imperceptible- actitud de superioridad. La habitación estaba casi vacía y los pocos ornamentos sólo enviaban mensajes de armonía y paz. El lujo y toda ostentación estaban manifiestamente ausentes.

Cuando el maestro pudo recibirle y tras las presentaciones debidas, el primero le dijo: “permítame invitarle a una taza de té antes de empezar a conversar”. El catedrático asintió disconforme. En unos minutos el té estaba listo. Sosegadamente, el maestro sacó las tazas y las colocó en la mesa con movimientos rápidos y ligeros al cabo de los que empezó a verter la bebida en la taza del huésped. La taza se llenó rápidamente, pero el maestro sin perder su amable y cortés actitud, siguió vertiendo el té. El líquido rebosó derramándose por la mesa y el profesor, que por entonces ya había sobrepasado el límite de su paciencia, estalló airadamente tronando así: ” ¡ Necio ! ¿ Acaso no ves que la taza está llena y que no cabe nada más en ella ?”. Sin perder su ademán, el maestro así contestó: “Por supuesto que lo veo, y de la misma manera veo que no puedo enseñarte el zen. Tu mente ya está también llena”.

17
Abr

Buda en la cocina

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Estando en Monte Tiatong, un monje llamado Lu servía como Tenzo (responsable de preparar la comida de la comunidad budista).  Un día noté que Lu secaba hongos al sol.  Llevaba una caña de bambú pero no usaba sombrero.  Los rayos eran tan intensos que los ladrillos del pasillo quemaban los pies.  Lu trabajaba duro y estaba cubierto de sudor.  No pude evitar sentir que el trabajo requería demasiado esfuerzo para él.

Me acerqué y le pregunté su edad.  Respondió que tenía sesenta y ocho años.  Volví a preguntarle por qué no usaba asistentes.

—Otra gente no es yo —respondió.

—Tienes razón —le dije—, puedo ver que tu trabajo es la actividad del camino del Buda, pero ¿por qué trabajas bajo este tremendo sol?

Él respondió: —Si no lo hiciera ahora, ¿en qué otro momento lo haría?

No había nada más que decir.

Seguí caminando por el pasillo, sintiendo en mi interior el verdadero significado del rol del cocinero.

16
Abr

Los tres maestros

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El pequeño saltamontes le preguntó:

─ ¿Cómo pudiste tener maestros distintos y que se contradecían entre sí?

El maestro le contesto:

─ Yo asistía a las enseñanzas de tres maestros diferentes que platicaban en tres templos distintos. El primero nos decía que es necesario guiarse de las intuiciones y actuar con valor para cambiar la vida. El segundo nos hablaba de la observación del mundo que nos hacía sabios y de la imposibilidad de cambiar nada. El tercero nos describía la importancia de la reflexión y la necesidad de actuar después de adquirir una experiencia determinada. Eran como tres generales que van a la
contienda dispuestos a ganar pero con ideas totalmente diferentes.

─ ¿Y que pasó en la batalla?

─ Qué perdieron los tres.

─ ¿Ninguna de las estrategias resultó efectiva?

─ El primero fracasó por su premura, su apresuramiento, su feliz atolondramiento. Acertó muchas veces y su celeridad le dio una ventaja sobre los demás pero, con sólo una batalla final, quedó derrotado.

─ El segundo maestro no deseaba actuar sino observar.

─ El segundo maestro fracasó porque le abandonaron sus discípulos hartos de su iniciación. Sus descripciones del mundo eran fantásticas pero inútiles; el mundo le superó y lo dejó de lado.

─ ¿Y el tercero que proponía actuar y reflexionar?

─ El tercer maestro tuvo discípulos importantes y poderosos, actuó como consejero de los Daimios más importantes de nuestro país pero también se equivocó en muchas ocasiones dejando pasar un tiempo precioso. La vida nos supera muchas veces si no tomamos una decisión rápida y certera. Los jóvenes daimios lo abandonaron deseosos de emular y superar rápidamente las gestas de sus padres. Finalmente, también se quedó sin discípulos.

─ Estaban equivocados.

─ Y tenían razón. Lo que os enseñé fue una reunión de los tres maestros para actuar en cada ocasión con una estrategia distinta ya que el enemigo cambia. Muchas veces, el atolondramiento de mi primer maestro era mucho más efectivo que la sesuda reflexión. Otras veces, al contrario. Esto es lo que me enseñaron los tres maestros: a actuar con personalidades diferentes según cada acontecimiento.

─ Pero, ahora dudas, maestro.

─ Sí. Luego, me di cuenta de que yo también tenía razón y estaba equivocado.

─ Maestro, eso no lo dijiste cuando nos enseñabas en el templo y nuestros corazones saltaban de nuestros pechos por la emoción que sentíamos al oírte.

─ Por que si hubierais pensado que dudaba, no me hubierais tratado de maestro. Es necesario engañar a los discípulos para enseñarles la verdad.

─ No lo entiendo.

─ Ya lo entenderás.

─ Se alcanza la sabiduría cuando se sabe que los maestros tenían razón pero estaban equivocados. Pero, sólo se llega a maestro cuando se sabe que uno mismo también está equivocado.

15
Abr

La hermosura de la vida

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Había dos templos rivales. Ambos maestros estaban tan enfrentados que ordenaron a sus discípulos que ni siquiera miraran al otro templo. Cada maestro contaba con un muchacho como sirviente, para hacer los recados, para buscar las cosas. El maestro del primer templo le advirtió a su sirviente: “Nunca hables con el otro muchacho, esa gente es peligrosa”.

Pero los niños son niños. Un día se encontraron en el camino, y el muchacho del primer templo le preguntó al otro “¿A dónde vas?”, el otro respondió “Donde el viento me lleve”. Debió haber aprendido en el templo grandes enseñanzas zen, con esa magnífica respuesta.

El primer muchacho se quedó muy avergonzado, frustrado, furioso, se sintió humillado, “Debí haber escuchado a mi maestro”.

Va y le cuenta al maestro, y éste le responde: “Te lo advertí, pero no me escuchaste. Ahora mira, mañana te paras de nuevo en el mismo lugar, cuando llegue le preguntas: ‘¿A dónde vas?’, y el te dirá ‘A donde el viento me lleve’. Entonces tu también tienes que ponerte filosófico. Le dices: ‘¿Irás sin piernas entonces? Porque el alma es incorpórea y el viento no puede llevar el alma a ninguna parte’ ¿Qué te parece?”.

Dispuesto a hacerlo, el muchacho se preparo toda la noche repitiéndolo una y otra vez. A la mañana siguiente se puso en el lugar exacto y espero a el otro muchacho. Él llegó a la hora indicada. Ahora sí le iba a demostrar lo que era verdadera filosofía.

Le preguntó: ¿A dónde vas?. Esperaba la respuesta…. Pero el muchacho respondió: “Voy al mercado a comprar verduras”.

15
Abr

La reunión de artes marciales de los gatos

   Posted by: admin   in Cuentos Zen

Hace 200 años, en Japón, antes de la Restauración Meiji, existió un maestro de Kendo llamado Shoken, su hogar estaba invadido por una inmensa rata. Esta es una historia inusual de gatos y ratas.

Cada noche la rata grande llegaba a la casa de Shoken y lo mantenía despierto. Tenía que dormir durante el día. Consultó a un amigo que se dedicaba a criar gatos, algo así como un entrenador de gatos. Shoken le dijo, “Préstame tu mejor gato”.

El entrenador le prestó un gato de callejón, extremadamente rápido y un muy ávido cazador de ratas, con garras firmes y músculos de gran fuerza. Pero cuando se enfrentó cara a cara con la rata en la habitación, la rata no cedió terreno y el gato tuvo que darse la vuelta y correr. Había algo decididamente especial con aquella rata.

Shoken consiguió entonces un segundo gato, uno de color jengibre, con un ki increíble y una personalidad agresiva. Este segundo gato no cedió terreno, de esta manera el gato y la rata lucharon; pero la rata lo superó y el gato tuvo que realizar una presurosa retirada.

Buscó un tercer gato, uno de color blanco y negro, lo enfrentó a la rata pero no corrió mejor suerte que los dos anteriores.

Shoken consiguió un gato más, el cuarto; era negro, viejo y no estúpido, pero no era tan fuerte como el gato de callejón o el gato color jengibre. Entró al cuarto, la rata lo miró un poco y avanzó. El gato negro se sentó,  imperturbable, y se mantuvo completamente inmóvil. Un titubeo cruzó la mente de la rata. Se acercó cautamente poco a poco; estaba sólo un poquito asustado. Repentinamente el gato la agarró por el cuello, la mató y se la llevó arrastrando.

Posteriormente Shoken fue a ver a su amigo entrenador de gatos y le dijo, “Cuantas veces he perseguido a esa rata con mi espada de madera, pero en vez de golpearla me rasguñaba; como pudo tu gato negro deshacerse de ella?”

El amigo le dijo, “Lo que deberíamos hacer es citar a una reunión y preguntarle directamente a los gatos. Tu eres un maestro de Kendo, tú haz las preguntas; estoy bastante seguro de que todos entienden sobre artes marciales”.

Así que hubo una reunión de gatos, era presidida por el gato negro que era el más viejo de todos. El gato de callejón tomó la palabra y dijo, “Soy muy fuerte”.

El gato negro preguntó, “Entonces por qué no la venciste?”

El gato de callejón respondió, “Créanme, soy muy fuerte; sé cientos de diferentes técnicas para atrapar ratas. Mis garras son fuertes y mis músculos me dan un largo alcance. Pero esa rata no era una rata común y corriente”.

El gato negro dijo entonces, “Entonces tu fuerza y tus técnicas no se compararon con las de aquella rata. Tendrás mucho músculo y muchas waza, pero la habilidad sola no fue suficiente. De ninguna manera!”

El gato jengibre habló: “Soy enormemente fuerte, estoy constantemente ejercitando mi ki y mi respiración a través de zazen. Me alimento de vegetales y sopa de arroz, por ello tengo tanta energía. Pero me fue imposible vencer a la rata. Por qué?

El gato negro respondió, “Tu actividad y energía son grandes, es cierto, pero la rata estaba más allá de tu energía; eres más débil que la gran rata. Si estás fijándote en tu ki, orgulloso de él, se transforma en algo así como grasa. Tu ki es sólo una explosión transitoria, no puede durar y todo lo que queda es un gato furioso. Tu ki puede compararse con el agua que fluye de una llave; pero el de la rata es como un gran geyser. Esa es la razón por la cual la rata fue más fuerte. Aunque tengas un ki muy fuerte, en realidad es débil pues confías demasiado en ti mismo.”

Le llegó el turno de hablar al gato blanco y negro, quien también había sido vencido. El no era muy fuerte, pero era inteligente. Tenía satori, había terminado con waza y utilizaba todo su tiempo practicando zazen. Pero no era mushotoku (eso es, sin metas ni deseos de victoria), y él también se vio forzado a correr para sobrevivir.

El gato negro le dijo, “Eres extremadamente inteligente y fuerte también. Pero no pudiste vencer a la rata pues tenías un objetivo, de tal manera la intuición de la rata fue más efectiva que la tuya. En el instante que entraste a la habitación entendió tu actitud y estado mental y fue por eso que no pudiste vencerla. Te fue imposible armonizar tu fuerza, tu técnica y tu conciencia activa; se quedaron separadas en vez de unirse en una.

“Mientras que yo, en un instante único, usé todas esas tres facultades inconscientemente, natural y automáticamente, y de esa manera me fue posible matar a la rata.

“Pero conozco un gato, en un pueblo no muy lejos de aquí, que es más fuerte aún que yo. El es muy, muy viejo y sus bigotes son grises. Lo conocí una vez, y ciertamente no hay nada que indique que es fuerte! Duerme todo el día. Nunca come carne ni siquiera pescado, sólo genmai (sopa de arroz), aunque a veces toma unas gotas de sake. Nunca ha atrapado una sola rata pues le tienen un miedo mortal y se apartan de él como hojas al viento. Se mantienen tan alejadas que nunca tiene la oportunidad de atrapar ni siquiera una. Un día entró en una casa completamente infestada de ratas; bueno, todas las ratas desaparecieron en ese mismo instante y se fueron a vivir en otras casas. Las podía espantar en sus sueños. Ese gato barbagris es misterioso e impresionante. Deben ser como él: más allá de las posturas, más allá de la respiración, más allá de la conciencia.”

Para Shoken, el maestro de kendo, esta fue una gran lección.

En zazen, ya estás más allá de posturas, más allá de la respiración, más allá de la conciencia.

14
Abr

El sonido de una mano

   Posted by: admin   in Cuentos Zen

El maestro del templo de Kennín era Mokuraí, “Trueno Silencioso”. Tenía un pequeño protegido, llamado Toyó, de sólo doce años. Toyó veía a los discípulos mayores visitar al maestro en su aposento a la mañana y a la tarde para recibir el sazén, o instrucción de guía personal, en que se les daba un koan para detener el vagabundeo de la mente.

Toyó quiso también hacer sazén.

- Espera un poco -le dijo Mokuraí- ; eres demasiado joven.

Pero el muchacho insistía, de modo que el maestro finalmente consintió.

Al atardecer, el pequeño Toyó acudió, en el momento debido, al umbral del recinto donde Mokuraí impartía el sazén. Batió el gong para anunciar su presencia, hizo tres reverencias respetuosas antes de entrar, y fue a sentarse ante el maestro en respetuoso silencio.

- Cuando bates palmas -dijo Mokuraí- oyes el sonido de ambas manos. Ahora enséñame el sonido de una mano.

Toyó se inclinó y fue a su habitación para considerar el problema. Desde su ventana oía música de geishas. -¡Ah, ya lo tengo! -exclamó.

Al atardecer siguiente, cuando el maestro le pidió que le enseñara el sonido de una mano, Toyó empezó a ejecutar esa música.

- No, no -dijo Mokuraí-. Así no va. Ese no es el sonido de una mano. No lo has entendido para nada.

Estimando que la música podía interrumpir sus meditaciones, Toyó se trasladó a una habitación más tranquila. Se puso de nuevo a meditar: -¿Cuál puede ser el sonido de una mano?

De pronto oyó agua que goteaba. -Yo lo tengo- se imaginó. La próxima vez que compareció ante el maestro, Toyó imitó el sonido de agua que gotea.

- ¿Eso qué es? -preguntó Mokuraí- Es el sonido de una gota de agua, pero no el de una mano. Intenta otra vez.

En vano Toyó persistió en meditar para oír el sonido de una mano. Oyó el suspiro del viento. Pero también este sonido le fue rechazado.

Oyó el chillido de un búho. Mismo rechazo.

El sonido de una mano tampoco era el de las langostas.

Más de diez veces Toyó visitó a Mokuraí con diferentes sonidos. Ninguno era el acertado. Durante casi un año caviló sobre cuál podía ser el sonido de una mano sola.

Por último, el pequeño Toyó entró en la verdadera meditación y trascendió todo sonido.

- Ya no podía encontrar más qué juntar - explicó más tarde-, de modo que alcancé el sonido insonoro.

Así había realizado Toyó el sonido de una mano.