Había dos templos rivales. Ambos maestros estaban tan enfrentados que ordenaron a sus discípulos que ni siquiera miraran al otro templo. Cada maestro contaba con un muchacho como sirviente, para hacer los recados, para buscar las cosas. El maestro del primer templo le advirtió a su sirviente: “Nunca hables con el otro muchacho, esa gente es peligrosa”.
Pero los niños son niños. Un día se encontraron en el camino, y el muchacho del primer templo le preguntó al otro “¿A dónde vas?”, el otro respondió “Donde el viento me lleve”. Debió haber aprendido en el templo grandes enseñanzas zen, con esa magnífica respuesta.
El primer muchacho se quedó muy avergonzado, frustrado, furioso, se sintió humillado, “Debí haber escuchado a mi maestro”.
Va y le cuenta al maestro, y éste le responde: “Te lo advertí, pero no me escuchaste. Ahora mira, mañana te paras de nuevo en el mismo lugar, cuando llegue le preguntas: ‘¿A dónde vas?’, y el te dirá ‘A donde el viento me lleve’. Entonces tu también tienes que ponerte filosófico. Le dices: ‘¿Irás sin piernas entonces? Porque el alma es incorpórea y el viento no puede llevar el alma a ninguna parte’ ¿Qué te parece?”.
Dispuesto a hacerlo, el muchacho se preparo toda la noche repitiéndolo una y otra vez. A la mañana siguiente se puso en el lugar exacto y espero a el otro muchacho. Él llegó a la hora indicada. Ahora sí le iba a demostrar lo que era verdadera filosofía.
Le preguntó: ¿A dónde vas?. Esperaba la respuesta…. Pero el muchacho respondió: “Voy al mercado a comprar verduras”.
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